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Columnistas

Miguel Ángel Sánchez de Armas – Juego de ojos: Un ranchero cuentacuentos

Hace muchos años descubrí que puedo hablar con los muertos. Por eso me
he instalado en el nicho sacramental en donde he resucitado a William para
charlar un poco con él mientras los demás se aprestan a conmemorar los 122
años de su nacimiento.
Lo muerto no le ha disminuido lo hierático. No acepté compartir la pipa de
tabaco curado de Luisiana que me ofreció pese a que sabe bien que detesto la
hierba. Y como él dejó de beber, sólo lanzó una mirada de nostalgia a la botella de
borbón que le presenté.
Hablamos del Condado de Yoknapatawpha. Siento que le aburre mi
insistencia comparativa. No sabe y no le importa si José Emilio se inspiró en
aquella tierra para para dar a Jim su territorio en el desierto de sus batallas. Porfío.
Responde: “Una de las cosas más tristes es que lo único que un hombre puede
hacer durante ocho horas, día tras día, es trabajar. No se puede comer ocho
horas, ni beber ocho horas diarias, ni hacer el amor ocho horas… lo único que se
puede hacer durante ocho horas es trabajar. ¡Y esa es la razón de que el hombre
se haga tan desdichado e infeliz a sí mismo y a todos los demás!”
No entiendo qué tiene que ver esta homilía con mi pregunta, pero así es
William. Reviro y le espeto que es un “big short man”… Él se atusa el bigote y casi
en un suspiro dice que mi oxímoron es realmente patético. No está de humor.
Creo que piensa en la señora Coldfiel y en Quentin. Sé, porque me lo ha dicho,
que en realidad no quiso que éste la dejara, pero no pudo vencer el torrente de
vida que habían cobrado sus criaturas. Insisto en el coloquio.
Pienso en voz alta y recuerdo que hace 57 años, un viernes 6 de julio,
murió. Responde con una mirada midriática. Hace 57 años, ese mismo viernes,
dice, hubo una explosión atómica en Nevada que contaminó a más seres
humanos que en Hiroshima. William no está para charlas esta tarde. Le pido
cortésmente que vuelva a su Mictlán literario y cierro de golpe el libro.

Faulkner era bajo de estatura, elegante, no muy agraciado, desordenado,
pendenciero y alcohólico. Probó muchos oficios antes de convencerse de que
escribir era lo único en lo que realmente sobresalía. Escribía sin medida, casi sin
aliento. Las páginas saltaban de su máquina cual conejos en celo. La palabra
escrita, esa manera de hablarle a los que aún no han nacido, era su bálsamo.
Crear mundos nuevos como un dios del Olimpo desatado y ebrio le daba
sobriedad en su propia existencia.
Dice Richard Ellmann que a lo largo de su vida, William evitó los discursos y
nunca se vio como un hombre de letras, sino un campirano al que le gustaba
contar historias. También detestaba a los entrevistadores. Cuando uno lo
cuestionó sobre su “técnica”, respondió que no era ni albañil ni cirujano,
profesionales que a diferencia de los escritores, sí debían dominar una “técnica”.
Y en su trato con las clases dominantes, Manuel Vicent nos recuerda que
cuando John Kennedy coleccionaba trofeos para adornar sus cenas privadas, el
escritor recibió una invitación del presidente para un piscolabis en la Casa Blanca.
Por su mesa ya habían pasado los Mailer, los Bellow, los Miller y los Sinatra de
costumbre. Incluso Pau Casals había amenizado con el violonchelo algunos de los
postres más exquisitos. Faulkner respondió a vuelta de correo: “Señor presidente:
yo no soy más que un ranchero y no tengo ropa apropiada para ese evento. Ahora
bien, si usted tiene algún interés en cenar conmigo, con mucho gusto le invito a mi
casa de Rowan Oak, en Oxford, Misisipi”.
Su conocida aversión a la tribuna despertó el morbo del mundillo literario
cuando viajó a Estocolmo para recibir el Nobel de Literatura el 10 de diciembre de
1950. Era el primer gringo en recibirlo desde el fin de la segunda guerra y los
glotones reflectores y los insaciables micrófonos aguardaban impacientes su
discurso. Pero habló tan bajito y fue tan breve, que la oración pareció perderse
entre la luz quebradiza del Stockholm Konserthuset. Sólo los más cercanos
alcanzaron a escuchar la profesión de fe que hoy me ha permitido conversar con
él: “Yo no creo en el fin del hombre”.
Para William Faulkner, cuya alma se liberó de la materia un viernes 6 de
julio hace 57 años, la novela también era el ateneo de sus antepasados y el congreso de sus descendientes, tal como lo planteara otro día de julio, cincuenta
años después, uno de sus epígonos: Carlos Fuentes.
Lo recuerdo hoy con las palabras, breves y casi tímidas -punta de un
formidable iceberg como los diálogos interiores de sus personajes- que aquel
lunes dirigiera a los miembros de la Academia.
“Siento que este premio me ha sido otorgado, no a mí como persona, sino
a mi trabajo: a una vida de trabajo en la agonía y el sudor del espíritu humano, no
en procura de gloria y menos aún de dinero, sino de crear, a partir de los
materiales del espíritu humano, algo que no existía antes. Por eso, no soy más
que un guardián de este premio. A su parte representada en dinero no será difícil
encontrarle un destino acorde con el propósito y el significado que le dan origen.
Pero querría hacer lo mismo con el reconocimiento, usando este momento como
un pináculo desde donde me escuchen los hombres y las mujeres jóvenes que ya
están dedicados a las mismas angustias y tribulaciones que yo, entre quienes está
aquel que algún día ocupará el mismo lugar que ocupo ahora.
“Nuestra tragedia de hoy es un miedo físico general y universal tan
largamente padecido, que a duras penas lo podemos soportar. Ya no quedan
problemas del espíritu; tan sólo una pregunta: ¿cuándo seré aniquilado? Es por
eso que el hombre o la mujer joven que escribe actualmente ha olvidado los
problemas del corazón humano en conflicto consigo mismo, que solos bastarían
para producir buena escritura porque son lo único sobre lo cual vale la pena
escribir, lo único que justifica la agonía y el sudor. Debe aprenderlos de nuevo.
Debe enseñarse a sí mismo que lo más despreciable de todo es tener miedo; y
una vez aprendido, olvidarlo para siempre sin dejar espacio en su taller para nada
distinto de las verdades y certezas del corazón, de las verdades universales sin
las cuales cualquier relato es efímero y fatal: el amor, el honor, la piedad, el
orgullo, la compasión, el sacrificio. Mientras no lo haga, su trabajo está bajo
maldición. No escribe sobre amor sino sobre lujuria, sobre derrotas en las que
nadie pierde nada valioso, sobre victorias sin esperanza y, lo peor de todo, sin
piedad ni compasión. Su dolor no llora sobre fibras universales y no deja huella.
No escribe con el corazón; escribe con las glándulas.

“Mientras no aprenda estas cosas, escribirá como si estuviera viendo el final
del hombre e inmerso en él. Me rehúso a aceptar el fin del hombre. Es demasiado
fácil decir que el hombre es inmortal simplemente porque permanecerá; que
cuando repique y se desvanezca el último campanazo del Apocalipsis con la
última piedra insignificante que cuelgue inmóvil en la agonía del fulgor del último
anochecer, que incluso entonces se oirá un sonido: el de su voz débil e inagotable,
que seguirá hablando. Me niego a aceptarlo. Creo que el hombre no sólo
perdurará, prevalecerá. Es inmortal, no por ser el único entre todas las criaturas
que posee una voz inagotable, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de
compasión y sacrificio y fortaleza. El deber del poeta, del escritor, es escribir sobre
estas cosas. Tiene el privilegio de ayudar al hombre a resistir aligerándole el
corazón, recordándole el coraje, el honor, la esperanza, el orgullo, la compasión,
la piedad y el sacrificio que han enaltecido su pasado. La voz del poeta no debe
ser solamente el recuerdo del hombre, también puede ser su sostén, el pilar que lo
ayude a resistir y a prevalecer.”
Esta es la voz de un muerto que no murió. Honor a William Faulkner. Amen.

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