Connect with us

Columnistas

Miguel Ángel Sánchez de Armas – Juego de ojos: ¿Para qué sirve la literatura?

Hace algún tiempo dediqué un texto a la memoria de Louis Fischer pues un
libro que estoy escribiendo me llevó a la relectura de La vida de Mahatma Gandhi
y también porque el tiempo se me vino encima, llegó la tarde del domingo y me
angustié con la hoja en blanco. “Nada hay más difícil que la primera línea”, clamó
alguna vez Pablo Picasso.
Esto no tendría mayor importancia y difícilmente sería tema de una entrega
de Juego de ojos. Pero he aquí que lectores que se dedican a tareas tan diversas
como el acordionismo, la zootecnia, la fruticultura, la papirología, la pacotillería, el
tablao, la vagancia y el canto yaraví, agradecieron la referencia biográfica.
Muchos vieron de nuevo la película Gandhi del gran Attenborough y otros
se procuraron libros del no menos grande Fischer, una de las figuras totémicas del
periodismo universal. Entonces mi ego se infló y pensé que en mi pequeña medida
había finalmente descubierto un uso real de la literatura.
¿Para qué sirve la literatura? Cuando yo era joven servía para que una mi
abuela me azotara con vara de membrillo mientras recitaba la letanía: “Te-vas-a-
quedar-ciego-de-tanto-leer”. Ya mayor, para que una mi tía grande afligiera a mi
madre con la acusación de que había dado a luz a un haragán que prefería los
libros al trabajo. Y en la vida adulta, para que algunas muchachas pensaran que
un analfabeto es preferible a un sujeto que lee hasta las cuatro de la mañana; o
para que mi pequeña hija preguntara a su madre: “¿verdad que mi papá no
trabaja?”
Concedo que hay extremos. Mi querido Pit Reyes, de feliz memoria, solía
leer incluso durante la comida. Cuando sus hijos le reconvinieron, respondió que si
él no leía ellos no comían. Se zanjó la disputa, los jóvenes estudiaron contabilidad
y economía y entiendo que dejaron de abrir un libro cuando los directorios
telefónicos pasaron de moda.

Así que la pregunta “¿Para qué sirve la literatura?” debiera ser una necedad
indigna de ocupar el tiempo de los lectores y los espacios generosos que JdO
recibe cada semana en tantos medios.
¡Pero no! ¡Alto! La literatura sí tiene una función. No sirve en el sentido
utilitario de los productos que la publicidad nos propone a toda hora. Sirve en
cuanto faro que nos señala un camino, nos permite conocernos, nos abre la puerta
a mundos fantásticos y ahuyenta la sobrecogedora sensación de que sólo
estamos en esta tierra para comer y reproducirnos.
¿Romántica y absurda idea? Hay quien dice que un libro lo obligó a mirarse
a sí mismo; quien, que la catarata de imágenes y recuerdos llevó lágrimas a sus
ojos; quien, que fue sorprendido y maravillado; quien, que en el hilado de
imágenes de una poesía encontró la respuesta a sentimientos que le tenían
agobiado. Para todos ellos la literatura tiene un sentido. Una utilidad.
En La tentación de lo imposible, Mario Vargas Llosa toma como pretexto el
análisis de la compleja trama de Los miserables para plantearse la pregunta que
todo escritor se hace alguna vez y que para todo autoritario, grande, pequeño,
mediano, eficaz o fracasado, es una pesadilla: ¿es subversiva la literatura? Y aquí
encuentro otra función de las letras (de la literatura y de los libros, contenido y
continente): salvaguardar la esencia humana.
La correspondencia espiritual con lo impreso ha sido materia de largas y
espléndidas disquisiciones, como las de Henry Miller. De entre su obra, Los libros
en mi vida me hipnotiza. Es un texto de una belleza extraña porque hace las veces
de confesionario de las lecturas de mayor influencia en este autor. El escritor no
defiende en él sus preferencias literarias, sólo las presenta. Es como una larga
reseña de sus lecturas, a las que no califica sino explica cómo las percibió, cómo
las sintió, con cuáles se quedó y por qué. Dice Miller que el libro que yace inane
en un anaquel es munición desperdiciada. Que los libros deben mantenerse en
constante circulación, como el dinero. Que el libro no sólo es un amigo sino que
sirve para hacernos conquistar amigos. Que enriquece al que se apodera de él
con toda el alma, pero enriquece tres veces más al que lo analiza.

“¿Por qué destruyen libros los hombres?”, se pregunta con inocencia
conmovedora Fernando Báez en su ensayo, antes de responderse a sí mismo:
“Tal vez… los motivos profundos estén en una declaración de Fred Hoyle,
astrónomo y novelista. En De hombres y galaxias, escribió que cinco líneas
bastarían para arruinar todos los fundamentos de nuestra civilización. Esta
posibilidad terrible, impertinente, codiciosa, nos aturde y no habría razones para
no pensar que, tras la excusa autoritaria, se esconda la búsqueda obsesiva del
libro que contenga esas cinco líneas.”
La memoria colectiva decidió dejar rastro escrito por primera vez hace 5 mil
300 años. Y de inmediato, casi como un reflejo, comenzó el hombre a destruir
esas tablillas primigenias, dice el reseñador de la obra de Báez. Y sí, desde la
intolerancia que acabó con la gran biblioteca de Asurbanipal hasta las bombas que
destruyeron las bibliotecas y museos de Bagdad en la guerra del Golfo, pasando
por las prohibiciones y quemas de libros de todas las grandes religiones y de
todos los sistemas políticos, el autoritarismo nos está diciendo que la palabra y los
libros son peligrosos porque sirven para hacernos libres. Como yo, francamente,
no encuentro diferencia entre quienes enviaron a la hoguera los manuscritos
inéditos de Bábel y los que pretendieron prohibir la circulación de Ulises o la de
Cariátide, deduzco entonces que la literatura sí tiene una utilidad.

21 de julio de 2019

Advertisement

Facebook

Copyright © 2017 Endirecto